Don Miguel Albarrán era el practicante de nuestra familia cuando vivíamos en Badajoz. Digo de la familia, pero parecía que fuera MI practicante, pues solo recuerdo visitas suyas en las que me correspondía recibir sus atenciones.
Los practicantes fueron los antecesores de lo que después serian los Ayudantes Técnicos Sanitarios (ATS) y mas tarde Graduados en Enfermería. Los practicantes se encargaban de hacer curas, podían realizar cirugía menor (quitas un lunar o una verruga, sajar un quiste infectado,...) y, sobre todo, poner inyecciones. En aquella época en que la sanidad publica estaba en pañales, los practicantes trabajaban por libre y atendían a sus clientes a domicilio. Don Miguel debía ser el practicante del barrio, pues he averiguado que vivía en la calle Céspedes, entre las calles Chapín y Luis Morales, muy cerca de nuestra casa.
Como yo era un niño enfermizo, y como parece que durante mi infancia todas las medicinas eran en forma de inyecciones, don Miguel visitaba mucho (al menos mas de lo que a mi me gustaría) nuestra casa. Don Miguel era un hombre pequeño, viejo y arrugado. Muy serio, vestía de traje gris y llevaba sombrero. Cuando aparecía por casa ya me temía lo peor, y eso que a veces mi madre me mentía piadosamente, para acortarme el sufrimiento, y me decía que la visita no era para mi.
Don Miguel se instalaba en la mesa del salón-comedor, sacaba una pequeña cajita metálica con su material de trabajo y pedía un poco de agua; mientras le traian el agua, abría la caja e iba disponiendolo todo.

Esta caja no es igual a la de Don Miguel, pero tiene un aire.la caja de los horrores que temía, pero que miraba con fascinación. Nunca la toqué.
La caja contenía las jeringuillas de cristal y agujas de diversos calibres, y también un infiernillo de alcohol; montaba la caja, con las agujas y jeringuillas dentro encima del infiernillo, la llenaba con el agua que para entonces le habían traído, y encendía el infiernillo para poner el agua a hervir; todo ese material era reutilizable y se desinfectaba de aquella manera antes de cada uso. Yo observaba el proceso con pánico y fascinación; temía lo que venía despues, pero no podía parar de mirar la latita, las jeringuillas y las agujas moverse con las burbujas del agua en ebullición. Mientras tanto, don Miguel sacaba de su cajita la medicina correspondiente, que mi madre la habia dado. Los inyectables solian venir repartidos en dos frasquitos: uno contenia unos polvitos en el fondo y el otro un liquido; concluida la desinfección, don Miguel montaba en la jeringa una aguja de grueso calibre y la utilizaba para extraer la medicina liquida (probablemente sería solo un disolvente), que acto seguido inyectaba en el frasquito de la medicina en polvo; después, agitaba este frasquito hasta que le parecía que los polvos se habían disuelto bien en el liquido. El momento fatídico se acercaba; don Miguel cargaba la jeringa con la medicina así preparada, la retiraba del frasco, escogía otra aguja, mas fina, quizás mas afilada, la montaba en la jeringuilla y empujaba el embolo hasta que unas gotas de la medicina salían por la aguja; ya estaba todo listo. Entonces empezaban mis llantos, gritos y alaridos. Mi madre no sabia que hacer para que yo no opusiera resistencia y creo que habitualmente yo me rendía a algún tipo de chantaje moral (apelaciones a que yo era un niño muy bueno, a que no la querría hacer sufrir, a que el Niño Jesús me estaba mirando, ... no lo recuerdo con exactitud); a veces me daba una naranja para que yo la mordiera durante la intervención, cosa que ahora se me ocurre que no debía ser buena idea, pues yo mordía, tensaba los músculos e vez de relajarlos, y así debía dificultar mas el pinchazo. Don Miguel frotaba con alcohol mi nalga descubierta, me daba un cachete sobre la zona elegida y clavaba de un golpe la aguja (solo la aguja) sujetándola entre dos dedos; si había quedado, en su opinion, bien clavada acoplaba la jeringa a la aguja y empezaba a inyectar la medicina; a mi esa parte se me hacía larguísima y era la que me resultaba mas dolorosa, quizás porque la medicina inyectable era relativamente densa y le costaba difundirse entre el tejido muscular.
Al cabo de poco rato, todo había pasado; don Miguel recogía su estalache, se ponía el sombrero, se despedia de mi madre y se iba tan serio como habia venido, a mi me parecía que malhumorado, quizas porque su paciente no se había comportado con la dignidad que correspondía a la situacion. Yo me quedaba haciendo pucheros, con el culo dolorido, y esperando ponerme bueno pronto, para evitar una nueva visita de don Miguel.
En mi descargo tengo que decir que, aunque seguramente yo era un quejica y un llorón, objetivamente las inyecciones de entonces debían ser mas dolorosas que las actuales, pues las agujas hipodérmicas eran mas gruesas y menos afiladas (y si estaban muy usadas podian estar incluso embotadas), y los inyectables menos fluidos que los actuales.
Justamente hoy que escribo esto me han puesto dos vacunas, COVID y gripe, una en cada brazo, y no me han dolido nada. Algo habré evolucionado yo, pero creo que la mayor parte del mérito es de la evolución de la tecnología médica.