El esquí

La afición al esquí llego a mi familia en el invierno de 1973, porque se dieron las circunstancias apropiadas.

El deporte del esquí se estaba popularizando enormemente en España, a raíz de que por primera vez un español, Paquito Fernández Ochoa, había ganado una medalla (¡y encima de oro!) en unos Juegos Olímpicos de Invierno, los de Sapporo, en el invierno de 1972.

Signo de esa popularidad era un cursito de esquí en fascículos que, patrocinado por Cola-Cao (el alimento de los campeones), aparecía en alguna revista que se compraba en casa. Como el coleccionable tenía aire de TBO y lo del esquí nos parecía muy exótico, Goyo y yo recortábamos y archivábamos las lecciones en una carpeta de cartón.

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En Ourense el Club Alpino Manzaneda (creado en 1971) estaba peleando por el desarrollo de una zona estable de esquí en Cabeza de Manzaneda. El entusiasmo nacional a raíz de la medalla de Paquito debió ayudar, y en 1973 ya habían impulsado la construcción de una carretera de acceso asfaltada, una línea eléctrica, uno primitivos remontes (un "arrastre" y dos telesquís), y un restaurante-autoservicio a pie de pista donde reponer fuerzas.

Otra circunstancia favorable es que entonces ya teníamos, recién comprado, el Renault 12S (la Furgoneta SEAT 600 de PoloTV había quedado relegada al servicio de la tienda), un vehículo mas cómodo y apropiado para subir a la montaña en invierno, con frío y carreteras nevadas.

El caso es que un domingo, supongo que porque en Ourense todo el mundo hablaba del esquí en Manzaneda, mis padres decidieron que nos acercáramos hasta allí, a ver que era eso.

Ese domingo no hacia muy buen dia; había niebla y hacia frio y, aparte de tocar la nieve, pudimos hacer poco mas. Pero fue suficiente que para que el gusanillo del esquí picara en la familia. Al fin y al cabo, las "actividades familiares" se reducían a ir a la playa algunos domingos del verano; incorporar una actividad invernal representaba practicamente duplicarlas.

De vuelta a casa toda la familia se puso a estudiar concienzudamente el cursito de esquí del Cola-Cao (para entonces ya estaba completo), que era nuestra mejor (y única) fuente de conocimiento sobre ese deporte.

Con las cabezas cargadas de conocimientos volvimos otro domingo a la estación de Manzaneda. Esa vez hacia un dia precioso y alquilamos creo que dos pares de esquís: uno de la talla de mi padre y otro mas pequeño, con el que se apañaron mi madre y mis hermanos. Yo ese dia me mantuve en el plano de la teoría. Pese a las multiples caídas, pasamos un dia estupendo: un dia de sol en la montaña, compartiendo tiempo con mis padres (una rareza), y haciendo actividad física. Comimos algo allí mismo, pegados a las "pistas" (mas bien las cuestas por donde nos tratábamos de deslizar), al lado del coche, de lo que mi madre llevaba en La cesta de pic-nic. Y para enfriar las bebidas (la cerveza y la Fanta), las enterrábamos en la nieve al lado de donde habíamos aparcado.

El caso es que el dia de Reyes de 1973, que cayó en sábado, Sus Majestades nos dejaron en casa tres pares de esquís: unos de la talla de mi padre, otro que podían compartir Pitusa y Goyo, y otro con el que nos podíamos apañar mi madre y yo. Como, casualmente, nos habíamos levantado muy temprano, y, también casualmente, el coche tenia una baca para esquís (se la debieron dejar también Sus Majestades) pudimos coger todos los trastos e irnos a estrenar los regalos a la nieve (Quizás esto no ocurrió el dia de Reyes sino otro domingo de invierno cualquiera, pero fue tan grande la ilusión que nos hizo tener nuestros propios esquís que me gusta recordarlo así).

No se si antes después de tener nuestros propios esquís nos hicimos socios del Club Alpino Manzaneda, no tengo muy claro porque, pues nunca participamos en la vida del club (¡una pena, pues podría haberle ganado 25 años a mi vida de montañero!); incluso nos federamos dos de los miembros de la familia (yo era uno de ellos). ¿Por que solo dos? Porque era bastante mas caro que la cuota del club. Fue una sugerencia de la persona que nos atendió en el club (Os podéis federar, por ejemplo, dos ...), al que le debía interesar tener cuantos mas socios federados mejor, pero que también comprendía que las familias no estaban para muchos gastos.

Para mí, y para los que me tenían que sufrir, lo peor de los domingos esquí era el viaje en coche. No se cuantos kilómetros serían porque las carreteras han cambiado mucho, menos de 100km seguro, pero las carreteras no eran buenas, tenían muchas curvas, y yo una gran tendencia a marearme. Además en aquella época en cuanto que me montaba en un coche sentía un olor muy desagradable, mezcla de gasolina, grasa y gases de combustion del motor, que probablemente estaba solo en mi cabeza, pues nadie mas se quejaba. El olor era para mi repugnante y me hacia generar una saliva desagradable que no era capaz de tragar e iba acumulando en la boca, con los carrillos hinchados como un trompetista, hasta que ya no podía más. Si había suerte mi padre, aunque cabreado, paraba el coche a tiempo para que pudiera salir a escupir esa saliva, y el ciclo volvía a empezar. Si no había tanta suerte la saliva se me podía acabar escapando y salpicaba a mis hermanos que, lógicamente, se enfadaban. Y si no había ninguna suerte, la acumulación de saliva me podía acabar generando una arcada, con lo que acababa escapándose toda la saliva seguida de una vomitona. ¡Pobre de a quien pillara! Como yo viajaba casi siempre en el asiento del medio (por ser el pequeño no tenía derecho a ventanilla) según apuntara a derecha o izquierda el regalo caería sobre Pitusa o Goyo. ¡Y aun me hablan!

El último tramo de la carretera de acceso era la típica carreterilla de montaña estrecha, cuesta arriba en zig-zag y casi siempre cubierto de nieve mas o menos pisada, y a veces helada. Una delicia, vamos. Mi padre conducía en ese tramo con especial cuidado, despacio, pero aun así recuerdo que una vez en una curva a la derecha el coche se negó a tomarla y empezó a deslizarse hacia la izquierda. Yo, asustado, me puse a gritar: "¡Yo me bajo y sigo andando!", y lo decía todo convencido, porque realmente estábamos ya muy cerca de la zona donde solíamos dejar el coche para pasar la jornada. Mi madre, a reñirme: "¡Que te calles, Luis!". Y mi padre, que bastante tenía con intentar controlar el coche, si no dijo algo asi como: "¡El niño de los cojones!" probablemente lo pensó y lo guardo para sí.

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La parte por la que nosotros nos movíamos, yo al menos, de la estación debía ser la zona de iniciación, pues yo recuerdo que mas que pistas acondicionadas, al uso de las que se ven en las estaciones actuales, nos tirábamos por cuestas de pendiente bastante moderada. Te lanzabas por ella y al llegar al final te tocaba volver a subir, andando en tijera como enseñaban en el curso del Cola-Cao.

En una zona con cuestas algo mas inclinadas había unos remontes, para no acabar agotado de subir andando de cada vez.
A uno le llamaban Arrastre y eran unas barras metálicas como de medio metro que se movían enganchadas a un cable de acero tendido a la altura de la cintura de los esquiadores. Había que agarrar la barra con las manos y dejarse arrastrar cuesta arriba, sin caerse, para que no te atropellara el siguiente esquiador arrastrado, y soltarse al llegar a lo alto de la cuesta.
El otro era un Telesquí, en el que el cable de acero móvil va mucho mas alto y del que cuelgan unas barras de hierro con un plato que hay que colocarse entre las piernas para que te arrastre.
Yo nunca me atreví a utilizar ninguno de los dos, pues me parecía algo dificilísimo.

El telesilla que sale en la foto yo no lo recuerdo, aunque ya funcionaba por entonces. Vale la pena fijarse en el detalle de que las sillas no llevan barra de seguridad (quizás, como mucho, alguna cadena que se pudiera cerrar a voluntad), así que el esquiador, especialmente los niños, tenía que preocuparse de no hacer tonterías y no caerse, porque el golpe podía ser de morrocotudo. ¡Aun mas peligroso que el Arrastre!

La pasión familiar del esquí duro unos años, no muchos; dos o tres. No se porque razón se terminaron las salidas en familiar: escasez de nieve (allí no nevaba mucho, y tampoco se disponía de cañones de nieve ni nada parecido), hastío, ... Goyo fue el único que siguió yendo alguna veces, acompañando a Juan Formosel, hermano de Ramón, que era muy aficionado y hacía muy buenas migas con Goyo, aunque le llevara una pila de años. Precisamente después de una de esas escapadas en pareja, un domingo casi entrada la noche que estaba yo solo en casa (mis padres, quizás, en misa) apareció Juan en la puerta de casa y me explico que Goyito se había caido esquiando y se había hecho daño, y que le había llevado al sanatorio del Doctor Raposo (un conocido traumatólogo). El daño resultó ser una pierna rota. A Goyo le tuvieron que operar y luego le toco estar varios meses (casi uno de ellos guardando cama) con la pierna inmovilizada por una escayola que me parece que no le dejaba ni mover la rodilla. Pero eso es otra historia.