La famosa quina era un vino dulce, de 14º o más, al que se añadia una cantidad de quinina, por sus supuestas propiedades salutíferas.
La quina Santa Catalina, que según decía el anuncio "Es medicina y es golosina", pero por ninguna parte decía que tenía alcohol.
Son costumbres que vienen de antiguo; en la India del Imperio Britanico que se tomaba agua tonica (que tambien contenia quinina) para combatir las enfermedades tropicales y, ya puestos, se le añadian unas gotas de ginebra para disimular el sabor amargo de la quinina.
En España, que tambien sufrimos la malaria hasta hace no tanto, le añadiamos la quinina a un vino ya dulce de por si, y todo solucionado.
Habia varias marcas populares: Santa Catalina y San Clemente (que aparecian como refrendadas por los santos) o Sanson (¿quien no quiere un hijo fuerte como el heroe biblico, capaz de acabar con todos los filisteos?).
La publicidad de las quinas estaba orientada a los niños como consumidores, aunque fueran sus padres quienes se la debieran proporcionar. La de Santa Catalina decía: "Es medicina y es golosina" o "Mamá, queremos quina Santa Catalina"; en la de San Clemente el niño Kinito decia "Y da unas ganas de comerrrr ..."; este Kinito protagonizaba unas historitas dibujadas por Francisco Ibañez (el de Mortadelo y Filemon) que se publicaban en la revista infantil "Pulgarcito" (una de mis preferidas) y en las que Kinito salia siempre exitoso de sus aventuras gracias a las virtudes que le proporcionada la quina, San Clemente en su caso. Luego me he enterado de que el uso de personaje Kinito en la publicidad de la quina fue prohibido por le Ministerio de la Gobernacion, utilizando la Ley de Peligrosidad Social, pues consideraban que era un "emborrachador de niños". Era tarde; el daño ya estaba hecho.
No creo que en mis años en Badajoz convivieramos aun con la malaria, pero la costumbre social estaba ahí; ademas, estas quinas supuestamente abrían el apetito, y ayudaban a fortalecer a los niños enclenques y enfermizos, como yo.
Con estos antecedentes se puede entender que yo, que sabia en que armario de la estanteria del salon se guardaba la botella, y que suponía que no debía ser una bebida para mayores, pues en ese caso estaría guardada en el mueble-bar, decidiera automedicarme con regularidad: agarraba la botella, le quitaba su tapon de corcho (del estilo del que siguen trayendo las botellas de jerez o vinos generosos) y le pegaba un buen trago. Aquello estaba dulce y rico; no podia ser pecado, pues tenía una santa en la etiqueta; ni podia ser malo, pues lo anunciaban en la radio y en la television; y mis padres lo dejaban a mi alcance, en el armario mas bajo del salón.
Quizás mi afición al vino sea un alcoholismo latente que me quedó de las ingestas de aquella época.
