
Ingrese en el Colegio Curros Enríquez a finales de octubre de 1970, con el curso ya bien empezado y las clases organizadas.
El edificio del colegio tenía dos alas, cada una con un patio cubierto, unidas por un bloque intermedio; cada ala, como el bloque intermedio, tenía dos plantas. El edificio debía estar concebido para que un ala fuera la escuela de niñas y otra la de niños, con lo que la comunicación entre ellas sería muy fácil de controlar, a través de los pasillos del bloque de unión. Hay que tener en cuenta que la ley educativa vigente (Ley 169/1965) establecía el régimen de separación de sexos, y que los maestros fueran del mismo sexo que los alumnos. La nueva ley educativa, que implantaba la Educación General Básica, se había publicado unos meses antes, en agosto, pero la transición llevaría un tiempo
El colegio por entonces era una Escuela Graduada, colegio en el que los alumnos estaban agrupados en clases distintas según el curso (o grado) correspondiente a su edad. Esto visto hoy parece una perogrullada, pero las escuelas de este tipo convivían aun con las Escuelas Unitarias, en las que un solo maestro atendía en una misma clase a alumnos de todos los niveles
El primer dia me llevo al colegio mi abuelo Julián; el procedimiento de ingreso debió ser un poco anómalo porque recuerdo que estuvo hablando con el director, Don Claudio González Laso, como si hubiera que decidir que hacer conmigo: si me admitían o no en el colegio.
Después de tratarlo un rato, me llevaron a la clase de 2º curso regentada por Don Magín Carracedo Núñez, que estaba en la planta baja, pegada el despacho del director. Era una solución de compromiso pues aunque por la edad me correspondería ir a una clase de 3er curso, en mi libro de escolaridad lo último que ponía es que había terminado el 1er curso en Badajoz, en julio de 1969; el año que estuve asistiendo a clases particulares en Celanova, como es normal, no aparecía por ningún sitio pues no tenía ninguna validez oficial.
Yo estaba encantado de ir a este colegio; desde el principio me entró por el ojo, y eso que mis dos primeros contactos humanos, Don Claudio y Don Magín, eran hombres de aspecto severo; pero daban confianza; parecían buenas personas.
En la clase de Don Magín me aburría un poco, aunque no me importaba mucho, pues yo era con mucho el mayor de los niños (a los mayores les sacaba un año, y a los mas pequeños casi dos) y me sabía de sobra lo que explicaba Don Magín; asi que , aunque cuando yo empecé el resto de los alumnos ya llevarían casi dos meses de clase, yo debía ser el mas adelantado. Tanto que muy poco después (no se cuanto; quizás una semana) Don Magín se dio cuenta de que yo estaba perdiendo el tiempo allí y debió proponer que me pasaran al curso superior.

Esta es la clase de 2º , creo que del curso 1969-70, con su profesor Don Magín. Yo no estoy en esa foto, pues aun no estaba en el colegio, pero muchos de los niños que aparecen fueron mis compañeros de clase los años siguientes
Los alumnos de 3er curso, estaban repartidos en dos grupo: uno con su clase, como dios manda, regentado por Don Lino Gómez Laso, y otro que daba clase en el pasillo de la planta baja, regentado por Don Antonio Pulido Novoa. Se decidió que yo pasara al grupo de Don Antonio, pero primero tuve que superar una prueba, una "selectividad", en forma de careo con el alumno mas listo de la clase de Don Antonio: Vicente Grande Ramos.

Vicente Grande está aquí en el centro; a su derecha, de rayas, esta Pedro Paz y a la izquierda, con el jersey de bandas, yo. Los tres fuimos muy amigos.
No recuerdo las preguntas del careo, pero me suena que tocaban todas las materias: un examen de cultura general al nivel de niños de esa edad. Lo debí superar satisfactoriamente y me aceptaron en la clase (mejor dicho: el pasillo) de 3º, con lo que quedó regularizada mi situación (como anécdota, en el Libro de Escolaridad pone que me incorporé al 27 de octubre de 1970 a la clase de 2º regentada por Don Magín, esta entrada sin firmar, y en la página siguiente pone que me incorporé en septiembre de 1970 a la clase de 3º regentada por Don Antonio; una anomalía temporal).
Don Antonio tenía entonces 25 años así que lucía un aire mas joven y dinámico que el resto de los profesores que veía por el colegio (Don Magín debía andar por los 65, y Don Claudio debía estar en la mitad de sus 50, y Don Lino poco menos), lo que me hacia verle como mas próximo.
En clase Don Antonio combinaba el uso de los medios pedagógicos mas avanzados, como un retroproyector que había en el colegio y que él alguna vez utilizo para ilustrar una lección de ciencias naturales, con otros más tradicionales, como la Enciclopedia Álvarez, que aun estaba en uso; y de hecho era el único libro de texto que teníamos en ese curso. Modernidad y tradición.
Aunque serio, lo recuerdo en general como de buen carácter; solo una vez, y esto se me quedó grabado, se enfado muchísimo con Vicente Grande (¡con Vicentito, que conmigo formaba la pareja de niños mas tranquilos, aplicados y empollones del pasillo!) y le zurró varias veces con la vara en las piernas (¡iba de pantalon corto!); el pobre Vicente salió muy dolorido, tragándose las lagrimas, supongo que provocadas por el dolor y por la humillación del castigo, que estoy convencido de que debía ser inmerecido.
Don Antonio debió estudiar magisterio porque era hijo de maestro pero su vocación era la de pintor, y de hecho fue a lo que se acabó dedicando al poco tiempo. Alcanzó reconocimiento en Galicia y fue Director Xeral de Cultura en la Xunta de Galicia, y director de Centro Gallego de Arte Contemporáneo.
Seguramente por necesidad, para sacarse unas pesetillas, Don Antonio organizó unas clases particulares de pintura en su casa; como yo dibujaba algo (no muy bien, pero mucho mejor que mis compañeros) Don Antonio me propuso que asistiera a esas clases, y quede emplazado para ir una tarde determinada a su casa, que quedaba cerca de la mía (vivíamos en Pardo Bazán y creo que él en Camino Caneiro) así que podía ir yo solo, lo que facilitaba las cosas pues mis padres estaban trabajando. El caso es que a la hora convenida me presenté en su casa y me llevó a una habitación donde había una mesa con silla para sentarse a dibujar y otra mesa delante donde había improvisado un bodegón para que sirviese de modelo; no recuerdo bien que componía ese bodegón pero había seguro una jarra de cristal.

Se que me esforcé para plasmas el modelo pero tuve poco éxito, pues nunca había dibujado del natural. El caso es que debí pintar algo parecido a esto:

Recuerdo perfectamente que Don Antonio me señalo que la base de la jarra no debía dibujarla como una línea recta; que, igual que había hecho para la parte superior, debía representarla con una curva. ¡Mi primera lección de perspectiva! Al final de la clase Don Antonio me indicó el material de dibujo que debía llevar para la siguientes clase (fue la primera vez que oí hablar de los carboncillos) y me pidió que llevara también las 500 pesetas correspondientes a la primera mensualidad que él esperaba cobrar. Cuando mis padres esa noche me preguntaron que tal en la clase de pintura y les conté lo de las ¡500 pesetas! (una barbaridad para la economía familiar) se quedaron escandalizados. Ellos, igual que yo, se debían pensar que las clases de Don Antonio iban a ser gratuitas, por simpatía a un alumno aplicado y con ciertas dotes para el dibujo. Quizás Don Antonio había pensado algo distinto: que mis padres, unos "industriales" con comercio en la plaza, debían ser gente de posibles y bien podrían permitirse gastarse ese dinero en pulir algo las cualidades artísticas de su hijito, lo que le ayudaría a él a completar su sueldo (aun se decía aquello de "pasas mas hambre que un maestro"). El caso es que ahí se acabaron mis clases de pintura. No volví nunca a la casa de Don Antonio y, curiosamente, aunque pasábamos juntos toda la jornada escolar, ninguno de los dos volvió a tocar el tema.

La clase de 3º del curso 1970-71, con nuestro profesor Don Antonio.
Entrabamos al colegio a las 9 de la mañana; realmente al recinto del colegio podiamos entrar antes, pues el conserje abría la cancela con cierta antelación (creo que nunca me la encontré cerrada por la mañana) y si llegabas pronto podías jugar o charlar con los amigos.
Asi que lo que ocurría a las 9 era que entrabamos al edificio del colegio, aunque no ibamos directamente a las clases. A primera hora nos juntábamos todos los alumnos (bueno, quizás faltaran los mas pequeños, los parvulitos; no lo recuerdo) en el distribuidor central de la planta baja, situado entre las dos alas del edificio, y allí nos disponíamos en formación militar, rezábamos y entonábamos himnos patrióticos. Los rezos de diario no los recuerdo bien; de los cantos me acuerdo mas: el "Cara el sol", el "Viva España" (el himno nacional con la letra que le puso José Maria Pemán, que aunque no era oficial venia en las paginas finales de la Enciclopedia Álvarez, asi que por entonces era como si lo fuese), el "Montañas nevadas", el "Prietas las filas", "Isabel y Fernando",... Algunas de esos himnos (supongo que el "Viva España", por aquello de que era el himno nacional nacional y se merecía mas respeto; y seguramente el "Cara al sol", por ser el himno de la Falange) los cantábamos todos, chicas y chicos, cuadrados en formación; lo otros, y esta era la parte que mas me gustaba, las chicas permanecían formadas en medio del distribuidor mientras los chicos desfilábamos alrededor de ellas cantando, gritando: "MONTAAAAAAÑAS.... NEVAAAAAADAS...BANDE...E...RAS AL VIEE...ENTO". ¿Se estaría sembrando ahí la semilla de mi amor por las montañas (nevadas o sin nevar)?.
Luego, cantando el ultimo himno, seguramente "ISABEEEEL Y FER...NAN...DO", continuábamos desfilando, con las chicas ya incorporadas, cada uno hacia nuestras clases, en la planta baja o en el primer piso, mientras que los profesores nos advertían que había que marcar el paso con firmeza, pero con prudencia, no fuéramos a derribar la escalera.
La higuera
Los juegos: las bolas, el quedas ( o la llevas), polis y cacos, huevo-pico-araña,...
Martin y Los marcos de la Republica de Weimar.
Empecé el curso en una clase la planta baja, junto al pasillo donde habiía estado el curso anterior, bajo la supervision de Don Lino, pero en seguida hicieron una redistribución y a algunos chicos, no muchos, nos mandaron al piso de arriba, a la clase dirigida por Doña Marina, una clase fundamentalmente de niñas.
Creo que hasta entonces el colegio debía tener clases separadas para niñas y niños y en esa fecha, no se si por alguna directiva o por necesidades de espacio, empezaron a juntarnos. Los cursos siguientes, 5º, 6º, 7º y 8º, las clases ya eran realmente mixtas con proporciones parecidas de niñas y niños.
Doña Marina era, a mi vista, una señora viejísima y sus usos educativos encajaban con su edad y con ser una profesora "de niñas". Le daba mucha importancia a la buena letra, y a la presentación y limpieza de las tareas y cuadernos, mas que al contenido de los mismos; a los trabajos manuales mas que a los intelectuales; y a la buena educación y modales. Un cambio muy grande respecto a Don Antonio. Aun así, tengo buen recuerdo de ese curso y de Doña Marina.
Entre las muchas cosas básicas que aprendí en 4º estuvo el manejo de una maquina de coser de pedal (¡tecnología avanzada!), lo que tenía su gracia pues había que sincronizar el ritmo al que se pedaleaba con el manejo de las manos para mover la tela o hacer ajustes en la máquina. Mi madre me había dejado jugar a coser con su máquina, pero aquella era eléctrica y no había que pedalear.

Similar a esta era la máquina que usábamos.
Un dia uno de los pocos chicos de clase, apellidado Calleiros, pidió permiso para ir al servicio. Como Calleiros era bastante golfo y tardaba mucho en volver Doña Marina me envió a mi, alumno ejemplar, a que averiguara que estaba pasando en el servicio de los chicos. Para allí que me fui y encontre uno de los retretes con la puerta cerrada:
YO: Calleiros, ¿estas ahí?
CALLEIROS: Si. ¿Que quieres?
YO: Dice Doña Marina que qué haces; que por qué tardas tanto.
CALLEIROS: Dile que estoy cagando.
YO: Pero, ¡como le voy a decir eso!
CALLEIROS: Pues es lo que estoy haciendo.
Volví a la clase preocupadísimo, pues no sabía como reportar adecuadamente a Doña Marina en que se ocupaba Calleiros. El caso es que como mi repertorio de eufemismos aplicables a este caso era nulo, no se me ocurrío otra cosa que decirle: "Doña Marina, dice Calleiros que está cagando". Doña Marina contestó escandalizada: "¡Pero, Julián! ¿Cómo dices eso?" (ella me llamaba Julián, seguramente porque conocía a mi abuelo, que debía ser de su edad si no mas joven). Yo me quedé callado, avergonzado de mis torpes modales, ensombrecidos por la falta de recursos lingüísticos. No tuve el desparpajo de contestarle, con la soltura de Calleiros: "Porque es lo que está haciendo".
Una muestra de a que nos dedicábamos con Doña Marina es esta felicitación navideña que preparé para mis padres; me debió llevar uno o dos días. Doña Marina me proporcionó el recorte con la orla navideña y la estampa dorada de sus majestades.

Esas mismas navidades se organizó también un Belén viviente, y tuve el gran honor de hacer el papel de Rey Gaspar (creo que yo ayudé a hacer la corona; la capa la debió preparar mi madre y el collar no recuerdo de donde salió)

Aquí, en el medio, haciendo de Rey Gaspar.
La ultima semana antes de las vacaciones navideñas la vida en el colegio era especial. Acabábamos las clases un poco antes y los profesores no reunían en el pasillo (¡en formación, como por la mañanas, para que nadie se desmandara!) para cantar villancicos.
Ahí aprendí, alternados con otros en castellano, los primeros villancicos en gallego (Con un sombreiro de palla, Vinde ver o neno,...) bajo la dirección de Don Claudio, algo sorprendente en esas fechas, en que el gallego estaba totalmente desterrado de la enseñanza. Aunque yo no lo sabía entonces Don Claudio, aunque seguramente persona de derechas, debía ser un gran defensor de la cultura gallega y el "idioma regional"; en sus años de instituto fue alumno de Ramón Otero Pedrayo y, aunque fuera suavizado por el franquismo, algo se le debió pegar.
Me encantaban estos días, que hacíamos doblete: cantábamos himnos por la mañana al llegar y villancicos antes de irnos. Pero lo mejor venía la ultima tarde, antes de empezar las vacaciones. Cuando habíamos terminado con los villancicos y según deshacíamos la formación y salíamos ordenadamente, un profesor nos repartían unas pequeñas tabletitas de turrón; el turrón era de cacahuete y la tabletita daba para tres bocados, pero a mi me causaba una felicidad inmensa y me iba para casa lleno de alegría, con la perspectiva de unas largas vacaciones, las fiestas navideñas, los Reyes Magos, ... y la tabletita de turrón, que casi me daba pena abrir, para que no se acabara.
Un dia el colegio se alborotó porque llegó hasta allí el PNET (Plan Nacional de Erradicación de la Tuberculosis). En los años 60, la tuberculosis era el problema de salud publica mas importante en España y las autoridades españolas, a fin de congraciarse con los países europeos de cara al deseado ingreso en la Comunidad Económica Europea, pusieron en marcha este plan para demostrar al extranjero que aquí también disfrutábamos de un cierto "estado del bienestar".
Entonces yo no me enteré del nombre ni los detalles de ese plan; lo que nos llegaba era que nos iban a vacunar de la tuberculosis, cosa que no sonaba muy bien. Creo que alguna persona del equipo de vacunación pasó por la clase para darnos alguna explicacion tranquilizadora: que solo nos iban hacer un pequeño raspón en la piel del hombro y que no había de que preocuparse. Cuando lleguó el turno a nuestra clase bajamos al distribuidor central, donde cantábamos Los himnos patrióticos, y allí nos estaba esperando el equipo de vacunación.
Formamos una fila en la que traté de ocupar una de las ultimas posiciones. Lo que veía desde la fila no era nada tranquilizador: había jeringuilla (mas delgada que las que yo conocía, pero jeringuilla) ¡¡y con su aguja!!, asi que empecé a desconfiar de lo del raspón en el hombro. Según avanzaba la fila, mis compañeros se arremangaban, descubrían el hombro y alli les inyectaban algo con la jeringuilla; no recuerdo que ninguno se quejara, pero para mi aquello era una inyección con todas las de la ley, asi que empecé a ponerme malo.
Empezaron a entrarme sudores, angustia y un tembleque interior que no se si traslucía al exterior, pero traté de mantener el tipo, mi lugar en la fila y seguí avanzando hasta que llegue a la mesa donde me esperaba la mujer de la jeringuilla; no recuerdo su cara como para identificarla en una ronda de sospechosos, pero se me quedo grabada una impresión de como era: entrada en años, media melena canosa y rizada, no muy alta, robusta, tez morena y cara seria pero amable ... Me arremangué (creo que ya llegue arremangado; y agarrotado por los nervios), y me pincho, o solo lo intentó; no estoy seguro de si llegó a conseguirlo porque yo me desvanecí y caí redondo al suelo, dándome en el camino un golpe en la ceja con el canto de la mesa donde tenían los aperos de vacunar. En seguida hizo un corrillo a mi alrededor, y mientras los profesores trataban de poner orden, los profesionales sanitarios se ocuparon de reanimarme y, después, de restañar la herida que me había hecho en la caída.
Desmayo, golpe, herida, bochorno publico ... había salido de la experiencia peor parado que mis compañeros, que había cumplido con solo un pinchacito. Pero bueno había salido; o eso creía, aunque no era así. Lo que nos hacían en ese primer dia era la prueba de la tuberculina, que permite saber si una persona esta ya infectada por la tuberculosis, en cuyo caso no se le debe vacunar sino administrar un tratamiento distinto.
Unos días después el equipo de vacunación volvió al colegio para la segunda parte de la campaña: revisar los hombros de las niños a los que se les había inyectado la tuberculina (o TB) e inyectar lo que es propiamente la vacuna (el bacilo de Calmette-Guérin o BCG ) a los que no mostraran reacción a la tuberculina. Me armé de valor, dispuesto a salir esta vez airoso del mal trago (en aquel momento yo no conocía los detalles de esto de la TB y el BCG, pero si hubiera sido así capaz sería de desear que la prueba indicara que estaba tuberculoso para que no me pudieran poner la vacuna);me armé de valor, como digo, y espere mi turno en la fila, con mi ración de sudores y angustias, pero diciéndome por dentro: "Tienes que aguantar. Tienes que aguantar." Y llegué a la mesa de las jeringuillas. Y allí estaba la mujer de pelo rizado y canoso. Y me reconoció (no se si le desvanecían niños a diario; además, tenía mi herida en la ceja); me examino el hombro ... y no me vacunó. No debió ser porque estuviera tuberculoso, porque no me aislaron ni me llevaron a un centro de tratamiento. Lo que no se es si porque la mujer tuvo dudas de si la prueba de la tuberculina era fiable en mi caso (si me había podido inyectar suficiente antes de mi desmayo como para que funcionase), o si simplemente nos quiso evitar (a ella y mí) pasar un mal rato, valorando que para mi podía ser peor el riesgo casi cierto de otra caída con su posible golpe que el de una tuberculosis, que quizás nunca llegara a contraer. Y así sali airoso de esta segunda parte del proceso de vacunación, entre risas y abrazos de mis compañeros de clases, que sabían apreciar lo que de heroico había en mi comportamiento repitiendo en la fila de vacunación, sin saber que iba a ser indultado.
El Plan Nacional de Erradicación de la Tuberculosis terminó justo ese año, 1972, asi que ya fue coincidencia que me pillara la ultima campaña de vacunaciones escolares. Para el que quiera saber más sobre este plán, su relación con el deseo de las autoridades Españolas de conseguir ser admitidas en la Comunidad Económica Europea y el impacto ue tenía la tuberculosis en España, hay un documento muy bueno aquí
Esta historia es otra de mi conflictiva relación con las agujas, de la que ya hablé a cuento del practicante de Badajoz, Don Miguel Albarrán, y de la que seguiré hablando cuanto trate de mi relación con Los análisis de sangre.
Para el primer domingo de mayo hicimos otra carta de felicitación, esta solo para nuestras madres. De nuevo los recursos pegados fueron suministrados por Doña Marina y yo solo tuve que hacer lo escrito. Pero se ve que mi caligrafía había mejorado (¡estábamos casi a final de curso!) aunque fuera solo un poquito. Merito de Doña Marina.

Ese mes, que también se bautizaba como mes de María o mes de la flores, la rutina del colegio se modificaba para incorporar un rito especial. Todas las tardes las clases terminaban antes y los alumnos nos reuníamos en uno de los pasillos, planta baja o planta alta, para rezar y cantar canciones en honor a la virgen María (recuerdo con seguridad "Venid y vamos todos" y "El 13 de mayo"). No recuerdo exactamente todo lo que rezábamos, pero si una oración que dirigía Don Claudio y los alumnos íbamos repitiendo verso a verso.
A mi la parte que mas me gustaba era la de cantar, y ese mes teníamos ración doble, pues empezábamos la jornada con los himnos patrióticos y la terminábamos con los cantos a la virgen.
Yo lo recuerdo como días felices, pues eran tardes luminosas y cálidas, con el verano y las vacaciones ya cerca.
Para final de curso Doña Marina se debía haber olvidado de mi impertinencia en el "asunto Calleiros", pues me puso un sobresaliente.
Ese verano fui a mi primer campamento de La OJE.
Cambio de curso y cambio de aula, a otra del piso de arriba, el piso de las chicas, dirigida por Doña Pilar Salado.
Aunque creo que la mayoría de los alumnos eran niñas, si que había mas niños que en el curso anterior, con Doña Marina; no se si por necesidades de espacio en las aulas o porque se empezaban a notar en el colegio los nuevos aires que traía la EGB.
Otro cambio que venia con la EGB eran los libros de texto: uno distinto por cada materia, y cada uno acompañado de su correspondiente libro de fichas de trabajo, que se supone que debía ir rellenando el alumno. Un negocio para las editoriales (hasta entonces Álvarez, el editor de la enciclopedia, tenía el negocio amarrado)y una ruina para el bolsillo de los padres (antes con un único libro , la Enciclopedia, que además se pasaba de un hermano a otro e incluso de padres a hijos, era suficiente) y las espaldas de los niños, que teníamos que cargar una cartera repleta de libros gordísimos, encuadernados en "tapa dura", que pesaban lo indecible y se descuajeringaban en la cartera.
Pongo aquí de ejemplo el libro de matemáticas que curiosamente cubría dos cursos (4º y 5º).

En esta pagina interior se ven diagramas de conjuntos, la gran novedad de la EGB de la que hablaré mas adelante, al tratar Las matematicas modernas.

con sus libro de fichas correspondientes.

Las fichas se podían ir arrancando del libro, como las hojas de un cuaderno, para ir trabajando en ellas, y después de guardaban en una anillas las fichas ya rellenas. Pero como los profesores no nos decían que fichas íbamos a usar cada dia teníamos que cargar el libro de fichas completo (además del libro de texto) todos los dias; ¡y muchas veces ni se usaban, pues lo mas habitual es que las fichas se trabajaran en casa, como deberes.

Encima, en 5º curso, quizás porque doña Pilar necesitaba mas tiempo para digerir esto de los nuevos libros con sus fichas, prácticamente no los utilizamos. La mayoría de los libros de fichas se quedaron en blanco y, como los libros de texto, medio desencuadernados después del traqueteo diario que sufrieron en la cartera, de casa al colegio y vuelta.
No tengo muchos recuerdos de los estudios; en general me debía resultar fácil; solo tenía problemas con la geografía, y ahí empezó a acompañarme la sensación de que en algún momento me había perdido algo; de que en algún curso pasado debería haber aprendido algo que a mi no me habían enseñado, pero que los profesores daban por supuesto que tenías que saber (¡especialmente un alumno ejemplar como yo!).

El caso es que Doña Pilar sacaba a un grupo de alumnos a la tarima, delante del mapa (de España, de Europa, de América o del mundo) y te preguntaba los ríos, los cabos, los golfos, los mares y océanos, los lagos, las cordilleras, los países, las capitales, las provincias,... ¿Pero cuando nos habían enseñado (o, al menos, cuando nos habían dicho que teníamos que memorizar) eso?
Yo lo pasaba fatal, no solo por el desdoro de no saber responder sino porque hasta los mas torpes acertaban a citar alguno de lo ríos, cabos o lo que tocara. Así que no me quedaba mas que esperar a tener la suerte de no ser el primero a quien Doña Pilar le preguntara y a memorizar las respuestas que iban dando los preguntados y las correcciones que Doña Pilar les hacía (¿Y el cabo Machichaco que? ¿Te lo dejas?). Asi, sobre la marcha, fui memorizando (que no aprendiendo) lo suficiente de los ríos de Europa o las cordilleras de la península Ibérica como para aprobar con sobresaliente. Lo que no dice mucho del sistema educativo, ni de mi; ¿porque no se me ocurrió nunca, despues del primer susto, dedicar algo de mi tiempo ocioso, que era mucho, a estudiar geografía?; si no por gusto, por evitarme futuros malos ratos. Pues no lo sé. Quizas por falta de previsión; o porque no sabia exactamente que era lo que tenía que estudiar; o por falta de libros adecuados; o porque solo tenía 11 años.
Un novedad de este invierno fue El esquí. Nos había pegado muy fuerte y todos los domingos, si el tiempo acompañaba, íbamos a pasar el dia a Cabeza de Manzaneda, y a esquiar lo que se pudiera.
Yo no valía mucho como esquiador pero, para mi estándar, era una actividad física tremenda, asi que quedaba desfogado para toda la semana. Recuerdo un lunes que Doña Pilar me preguntó si ese domingo no habíamos ido a esquiar; efectivamente, no se porque razón, no habíamos ido y cuando se lo confirmé replicó enseguida: ¡Ya me parecía a mí! Hoy no paras quieto.
A DESARROLLAR:
Contexto: El campeonato del mundo de 1972. La campaña estatal de promoción del ajedrez.
La actividad escolar de los sabados
El torneo en la Casa de la Juventud (resultados de las partidas en La Región)
También a ese año corresponde otra actividad de ocio, esta los sábados (así que era compatible con el esquí) y dirigida por la iglesia:Rutas-Santo Domingo. Aunque de ese primer año en concreto no tengo grandes recuerdos (mas bien me pareció aburrido) fue el punto de unión con los compañeros del colegió que luego fueron mi grandes amigos de la infancia.

Y ese verano volví a otro campamento de La OJE pero, como ya era persona con experiencia en el tema y les había hablado a mis compañeros de clase de la maravillosa experiencia de dormir bajo una lona (creo que solo les conté la parte buena), no se como pero líe a dos de ellos, Santiago Cid y Santiago Conde, y a otro amigo, Álvaro, a quien conocíamos por uno de los Santis, para que se apuntaran.
Este curso empezó mal. Quizás por cosa del baby boom, el colegio tenía cada vez mas alumnos y amenazaba saturación. El caso es que uno de los primeros días, mientras se estaban organizando las clases, nos reunieron en el pasillo de la planta alta y Don Claudio nos fue preguntando a cada uno, leyendo los nombres de una lista, nuestro domicilio (¡curioso que no tuviera ya este dato!). Los que vivían cerca del colegio se salvaban pero los que vivíamos lejos, como era mi caso, éramos desterrados a un colegio mas cercano a nuestra casa, si lo había. Ese era mi caso asi que Don Claudio me dijo que a partir del dia siguiente tenía que ir a clase al colegio que estaba dentro del cuarte de la Guardia Civil, en la avenida de Buenos Aires, mas cerca de mi casa. Cuando lleve a casa la noticia mi madre, preocupada, me dijo que había sido idiota; que tenía que haber alegado que yo pasaba la mayor parte del dia en el comercio familiar, Polo TV, en la avenida de la Habana, que estaba bastante cerca del colegio; pero yo no tuve esa picardía y ya era un desterrado.
El cuartel, que ya no existe en ese lugar, estaba a la altura del actual número 80 de la avenida de Buenos Aires. Tenía un aire siniestro, como todos los viejos cuarteles tenían por entonces. Una vez cruzado el portal, bajo el lema TODO POR LA PATRIA, se daba a un patio con varios edificios y una larguísima escalera que iba ascendiendo recta por una colina con algún otro edificio a los lados hasta llegar a un descampado en lo alto donde había una casita aislada, de una sola planta. Eso era la escuela.
Igual que el choque que me lleve con La pseudoescuela de Celanova, allí iba a tener otra oportunidad de experimentar lo que parecían restos del pasado educativo de España. Para empezar, ¿que hacía una escuela dentro de un cuartel de la Guardia Civil? Nunca pregunté pero supongo que como los cuarteles englobaban también las viviendas de los guardias y sus familias, la escuela debió ser originalmente para sus hijos y ahora, por alguna razón, estaba abierta a los hijos de los paisanos.
Pero mas que eso me impactó que la escuela tenía solo un aula, muy pequeña, y un profesor, aunque pronto se añadió otro profesor en practicas, mucho mas joven. Era esta una Escuela Unitaria en la que, a diferencia de la Escuela Graduada, todos los alumnos de todos los cursos estábamos juntos y el profesor nos atendía a la vez, impartiendo enseñanzas comunes y haciendo matizaciones para adaptarlas al nivel de cada curso. No se si eso había funcionado alguna vez pero, visto desde ahora, no se yo como eso podría funcionar con el programa de los últimos cursos de la EGB, mucho mas ambiciosos y con contenidos muy específicos.
El aula era bastante mas pequeña que las de el "Curros Enríquez" pero, como éramos pocos alumnos, cabíamos sobradamente. Lo peor era el aspecto sombrio y viejo de todo, aula y mobiliario, incluso para la época; como si todo tuviera por lo menos 50 años de uso.
El profesor, no recuerdo su nombre, no era mala persona. A los alumnos veteranos en la escuela, que eran la mayoría, los trataba con confianza. Con los nuevos, Santiago Conde (el que lié para el campamento, que vivía casi al lado del cuartel), yo y no recuerdo si algún otro exiliado, era algo mas distante, pero correcto.
Creo que éramos sobre una docena de alumnos metidos en un aula triste y lugubre, y de vuelta a la pedagogía tipo Enciclopedia Álvarez. Se acabó la modernidad de los libros de texto y fichas desarrollados expresamente para la EGB que habíamos descubierto en 5º.
Las clases estaban pensadas para adaptarse a todos los niveles. El profesor, por ejemplo, nos hacia un ejercicio de escritura al dictado del cual la primera parte, la que hacían los alumnos de los cursos mas bajos, era mas sencilla y luego la cosa se iba complicando para los alumnos de los cursos superiores. Lo mismo con las matemáticas, que se limitaban al calculo o la geometría (nada de esas Matemáticas Modernas que habíamos vislumbrado en 5º curso): operaciones mas sencillas paro los alumnos mas jóvenes complementadas con otras más complejas para los mayores. Pero a mi se ma hacían lentas, me aburría y me daba la tristeza.
Lo mejor era la hora del recreo, no por el descanso sino porque salíamos de ese aula que se me hacía oscura y deprimente y pasábamos el rato no en el patío, que no había, si no en el campo que rodeaba la escuela. Como era el principio del otoño el tiempo aun era bueno y recuerdo los días soleados en ese rato que pasábamos en el exterior, aunque dentro del aula pareciese siempre de noche.
Pero según avanzó el otoñó y el sol fue desapareciendo la escuela se hacia cada vez mas deprimente. El ambiente viejo y oscuro, la metodología decimonónica, la perdida de mis compañeros del colegio "Curros Enríquez", ... era como si hubiera saltado atrás en el tiempo a un mundo escolar aun mas triste que el que viví en Celanova. Cada mañana subir la interminable escalera hasta la escuela era como un ascenso a los infiernos, el tiempo que pasaba en clase un suplicio, y ni siquiera el bajar las dichosas escaleras y salir del cuartel de la Guardia Civil por la tarde, cuando las clases se acababan, era un gran alivio, pues sabia que al dia siguiente tendría que volver.
Recuerdo que alguna de esas tardes las pasaba con Santiago Conde. Santi, vivía en la avenida de Buenos Aires, prácticamente al lado de la escuela-cuartel, en un piso bastante alto de un edificio por entonces nuevo. A veces le acompañaba a su casa, que me llamaba la atención porque tenía bastantes habitaciones pero pocos muebles. El padre de Santi debía ser albañil o eso pensaba yo, no se si porque Santi me lo había contado, o porque quizás me había dicho que la casa (el edificio) lo había hecho su padre, y yo interpreté que lo había hecho con sus manos y debía ser albañil (recuerdo que yo tenía 11 años). Santi tenia un hermano mayor, Ramón, que era algo artista: pintor y escultor (con el tiempo llego a ser un escultor de prestigio, Ramon Conde Bermudez, y por nuestra casa había una escultura obra suya que heredó mi hermana Pitusa por estar en la casa de San Vicente y que quizás hoy tenga mucho valor; el como llegó esa escultura a nuestras manos es otra historia, que procuraré contar en su momento).
Algunas tardes yo acompañaba a Santi a recoger la merienda a una tienda de comestibles en la misma avenida de Buenos Aires, pero ya después del cruce con la avenida de la Habana, mas cerca de mi casa que de la suya. Nos presentábamos en la tienda y el tendero cortaba un pedazo de una barra de pan y le preparaba un bocadillo, no recuerdo si "a la carta" o si según las indicaciones que hubiera dejado la madre de Santi; a veces de fiambre, a veces de chocolate de tableta (¡media tableta! ¡un lujo!) ... Con el bocadillo en la mano (en la de Santi; yo no tenía derecho a uno) decíamos adiós y nos íbamos sin pagar, pues era su madre la que arreglaba después las cuentas con el tendero. Esto, que a mi me parecía maravilloso pese a ser una simpleza, era una de las mejores cosas del día; y eso que el bocadillo no era para mí.
Asi pasaba tristemente el tiempo, no se cuanto: semanas, meses,... hasta que un dia me contacto un amigo de los que no habían sufrido pena de exilio, Alfonso Galán, para decirme que mi caso había sido reconsiderado y que podía volver al "Curros Enríquez". La verdad es que el procedimiento parece un poco irregular: que la notificación de un cambio tan relevante llegue por un niño de 11 años a otro de las misma edad, sin intervención de las direcciones de los centros escolares ni los padres del alumno (que, por otra parte, no habían solicitado ese cambio) queda un poco raro, pero así se hacían las cosas por entonces. El caso es que yo se lo conté a mis padres tan contento, a ellos les debio parecer de lo mas normal (!), y al dia siguiente, en vez de subir la escalera infinita, volví mas contento que unas pascuas a mi adorado "Curros Enríquez", donde me incorpore a la clase de Doña María Gulías Barros. Tras el paréntesis oscuro en el cuartel de la Guardia Civil, volvía al mundo de las luces.
Aunque digo "la clase de Dona María", el sexto curso de la EGB era el primero de la segunda etapa (6º, 7º y 8º) y en esos tres últimos años no teníamos un profesor único por curso sino profesores especializados por cada asignatura, o rama (ya se sabe: los de ciencias y los de letras). Doña María era la profesora de Ciencias Sociales, nombre novedosa para la combinación de geografía (física, política, económica,...) e historia, y además la profesora encargada de la clase, que hoy se llamaría "la tutora".
Las matemáticas las impartía doña Paquita Selas Tesouro. Las otras asignaturas, no lo recuerdo bien; se que Don Claudio, el director, nos solia dar clase de Religión y "expresión plastica" (dibujo). La lengua española creo que le tocaba a don Lino Gomez Laso, aunque también podria ser doña Maria y las Ciencias Naturales tengo dudas: quizás tambien doña Paquita. Sobre la lengua extranjera, el ingles, no hay dudas: don Jose, alias "Pepe Bolas", pero de este personaje ya hablaré en su momento.
Este cuadro de profesores se repitió, quizás con pequeños cambios, los tres últimos cursos, complementados cada año con los jóvenes y dinámicos profesores de practicas, de los que no recuerdo ningún nombre. Contaré algo de los profesores que mas recuerdo; recuerdos generales que no sabría ubicar en un curso concreto pero si en esos tres años que compartimos.
Recuerdo que cuando me reincorporé al "Curros Enriquez" me toco ir a buscar los libros de texto por las librerias de Ourense (Tanco, Stylo, La Región,...) pues, como ya dije, en la Escuela Unitaria aun seguíamos con la Enciclopedia Álvarez y no habíamos tenido que comprar la pila de libros del nuevo sistema: al menos uno por asignatura (en lengua española dos: el de texto y el de lecturas), mas el correspondiente libro de fichas de trabajo del alumno. Como el curso ya estaba avanzado, los librerias no solian tener existencias, y menos la colección completa, asi que tocó encargarlos y esperar a que llegaran (en aquella época en que no había SEUR). Como se suele decir, me incorpore al curso tarde, mal y a rastras, y eso tuvo efecto en mis notas, como se verá.
20 de diciembre de 1973
A doña María la recuerdo siempre vestida de oscuro, como si fuera de luto. Seria, de habla y modos severos, tenia un aire extraño y triste; como si le hubiese ocurrido una desgracia. Mas raro aun nos parecía que no vivía en una casa, como todo el mundo, sino en el Hotel-Residencia Padre Feijóo.
Pese a ese aire entre raro y siniestro, no se si de viuda o de monja exclaustrada, doña María me parecía una buena profesora y guardo muy buen recuerdo de ella.

La de la foto podría ser dona María, en una visita al diario La Región en 1971; y si no es ella, tenía un aire así.
Doña María nos daba Ciencias Sociales, que era la geografía e historia e siempre pasada por un filtro de modernidad. Una nación ya no lo era porque una sucesión de reyes la hubieran construido a base de conquistas y batallas sino que era, mas o menos, la conjunción de un espacio geográfico, una población, una lengua y una "mentalidad colectiva" que entonces no tenia muy claro que quería decir, aunque ahora me hago una idea. A mi me gustaba mas lo de las batallas, pero había que reconocer que lo de la "mentalidad colectiva", aunque no lo entendiera, sonaba mas científico.


Doña María, pese a su aire antiguo, usaba algunos métodos revolucionarios.
A veces nos hacia trabajar en grupos para preparar la presentación de un tema en base a pósteres, que teníamos que elaborar con recortes de periódicos, revistas o libros viejos (por supuesto, muchas veces nosotros nos centrábamos mas en la estética y ornamentos del poster que en su contenido; la herencia de doña Marina). Una vez nos cito a un grupo selecto de alumnos un sábado por la mañana en un salon social del hotel donde ella vivía. No recuerdo de que iba el trabajo, no tengo idea de que llegáramos a hacer nada de provecho ese dia, ni aquello tuvo continuidad (ni en el hotel ni en el colegio); pero lo del salon del hotel como lugar de trabajo resultaba exótico y moderno. En otra ocasión nos puso una grabación en disco de la Obertura de 1812, de Tchaikovsky, y nos pidió que, mientras escuchábamos, fuéramos dibujando lo que la música nos inspiraba.

Aunque yo no lo sabía entonces, esta obra describe la campaña de Napoleón en Rusia: la batalla de Borodino, el avance hacia Moscú, la retirada de las tropas napoleónicas y su derrota en Polonia. No recuerdo que dibujé yo, pero seguro que algún cañón y alguna campana debió salir.
Fue también doña María la que un dia nos contó una anécdota que se me quedo grabada desde entonces y que reproduzco aquí (copiada del diario ABC)
En estos tiempos en que muchos se rien del nivel de inglés de algunos políticos , conviene recordar la anécdota que tuvo como protagonista al escritor, político y diplomático Juan Valera y a varias señorías de las que hacen bueno el dicho de que «la ignorancia es osada».
Es una de las anécdotas más famosas de la historia del parlamentarismo español, y relata el momento en que el diputado cordobés, en 1871, está dirigiendo un discurso en la Cámara Alta y en el transcurso del mismo pronuncia el nombre del escritor inglés Shakespeare . Pero lo hace tal cual se lee en español, un hecho que provocó las risas de varios senadores .
Don Juan, todo elegancia, hizo un inciso en su «speech» para disculparse: «Perdón, señores; creí que no sabían inglés» . Y prosiguió su discurso en el idioma de Shakespeare, dejando a sus señorías corridos de vergüenza y ajenos al resto de sus palabras, de las que no entendieron nada.
Eligieron mal enemigo para reirse: resulta que Don Juan Valera fue embajador en distintos puntos de Europa y América, desde San Petersburgo a Nápoles, París, Washington o Viena. Y está considerado como uno de los hombres más cultos de su época, dueño de una memoria prodigiosa y capaz de explicarse a la perfección no sólo en inglés, sino también en francés, italiano y alemán.
Doña María nos la contaba para aclarar que cuando se habla en castellano lo correcto es castellanizar la pronunciación de los nombres extranjeros, y no alardear de un conocimiento que quizás no se tiene intentando una pronunciación extranjera.
Otro recuerdo que tengo ligado a doña María tiene que ver con un dia que debió faltar algún profesor a nuestra clase y doña María se ocupó de atendernos. En vez de pedirnos que nos pusiéramos a estudiar cualquier cosa (para que la dejáramos en paz), ella abrió un armario librería que estaba al fondo del aula, habitualmente cerrado con llave, y nos dejo coger libros de los allí atesorados para entretenernos. Eran tomos gruesos, encuadernados en piel que nunca habían estado a mi alcance; nada de cuentos infantiles o historias juveniles. No se como cayó en mis manos, quizás aconsejado por ella, Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram.

El libro me fascinó ya desde que leí el titulo; además estaba la decoración de la cubierta y, por si lo anterior fuera poco, al abrír el libro te encontrabas con el subtitulo ...

... La novela de la arqueología, ¿Se podía pedir más? No se cuanto leí en esa ocasión, bloqueado como estaba por la fascinación y con el poco tiempo que tuve, pero el titulo se me quedo grabado; ese libro tenía que leerlo. El caso es que no volvió a estar a mi alcance hasta muchísimos años después; aunque alguna vez lo vi en algún escaparate (quizás de una librería cerrada) no lo pude comprar hasta finales de los años 90, en la librería "Lopez Torre", en Pontedeume, y por falta de tiempo no lo leí hasta principios de los 2000. ¡Ahí estaba todo lo que había soñado, quizás solo a partir del titulo! El hallazgo de las ruinas de Troya a partir de la lectura de La Ilíada, la piedra de Rosetta y el descifrado de la escritura jeroglífica, la traducción de las inscripciones en escritura cuneiforme, la búsqueda de la torre de Babel, el misterio de las ciudades Mayas, ... Seguramente la vision de la arqueología que presenta C.W. Ceram esté ya superada pero era la idea romántica que teníamos de niños: la de los arqueólogos aventureros, parecidos a Indiana Jones, quizás porque el libro fue escrito en esa época.

Acabó el curso y por supuesto aprobé, ¡¡¡pero solo con un notable!!!. Eso fue un drama para mí, que en mi corta carrera educativa había sacado siempre sobresaliente. En el boletín de notas se ve el desastre de la primera evaluación, que se puede explicar por mi incorporación tardía, y se ven tambien cuales eran mis puntos fuertes (matemáticas, naturales) y débiles (la expresión dinámica, que era como se llamaba a la educación física, ¡y especialmente el ingles! De este ultimo hablaré en detalle mas adelante).
Mi madre me echó, muy seria, una reprimenda, por las malas notas; ahora ya no sabría decir si realmente preocupada (pues incluso ese notable era mejor nota que las de mis hermanos) o simplemente haciendo teatro para que en el futuro me esforzara más.
Este curso no hubo sorpresas y lo pude empezar con normalidad, como el resto de los alumnos. Me encontraba
(CONTINUARÁ)

Este era don Lino diez años después, en 1984; la verdad es que no había cambiado mucho.
Literatura: el autor y su obra. Libro de lectura: Senda. Lengua: el análisis sintactico.
Poema del magosto (Don Lino)

Este era don Claudio ocho años después, en 1982. Practicamente igual.
El coro
El dibujo
La religion
Inaugurado en 1969.


Los diagramas de Euler-Venn, el algebra de conjuntos, las operación interna. Doña Paquita.
El casete subversivo. Mas dias de vacaciones.
La obra en latin de Cesar (Farsa de Maese Mimin)


El caso del huevo frito.

El arbol de mayo en Bretaña(Locronan)

Don Lino Gómez Laso
Doña Paquita (Francisca Selas Tesouro)
El director, Don Claudio González Laso
El mes de julio con Pitusa, en Madrid.
El campamento "Rutas" en Portonovo.